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Suena la campana y la mayoría de los niños, sentados en círculo, cierran los ojos. Algunos se colocan las manos en la barriga, mientras escuchan el sonido. La mayoría levantan la mano cuando dejan de oír el sonido el cuenco tibetano que siempre me acompaña.

Así comienzan las sesiones de Mindfulness que tengo con niños. En esta ocasión, el pequeño tiene 3 años y el mayor 7. Entre los 8 que ya forman el grupo de los viernes, se ha creado un vínculo muy especial, y cuando alguno falta los demás siempre preguntan por él. Cada uno es especial, y siento que ellos se dan cuenta de esto: de que son especiales.

Después de tocar la campana, cada uno comparte cómo se siente, y cuenta algo si así lo siente. Algunos no desean decir nada, otros estarían toda la hora hablando. Pero cada vez se van escuchando más unos a otros, y este es el objetivo: que se escuchen unos a otros y que se respeten.

Hoy he llevado un poco de fruta para compartir, y comer prestando plena atención a los olores, a la forma, al tacto, al sabor. De nuevo, hay quien no desea comer, y hay quien se comería toda la fruta. No pasa nada. Todo está bien.

Estas sesiones se hacen en una sala donde a veces se practica yoga, y algunos niños han cogido unos bloques de yoga para sentarse. Lo que ocurre es que en lugar de sentarse sobre uno, han decidido hacer una torre y sentarse sobre ellos. Cuando observo que esto está distrayendo a la mayoría, decido improvisar una actividad: les propongo hacer un recorrido con los bloques, de modo que tengamos que recorrerlo con plena atención, sin pisar el suelo. Así estamos un ratito, donde la atención y el respeto por la fila y por los turnos es apreciable. Unos van más rápido que otros, otros van más despacio, pero en términos generales se respetan.

Llama la atención la competitividad que tenemos desde pequeños. Ante cualquier actividad propuesta, siempre hay quien dice: “y gana el que llegue antes” o “y el que toque el suelo se elimina“; o la necesidad de propiedad: “este bloque es mío” o “yo tengo pocos y tú muchos“. Bueno, supongo que es algo entre innato y cultural. Lo observo y les explico que “en Mindfulness nadie gana ni pierde. Simplemente se juega“. Algunos protestan al oír esto :).

A veces me resulta difícil en este grupo que todos vayan a la par, así que he decidido hacer actividades en las que se promueva la armonización del grupo. Por eso ahora les propongo caminar en fila, imitando lo que hace el de delante. Les fascina. Hay silencio… y alguna risa. Pero mucha atención. Nos turnamos para que cada uno sea el cabeza de fila, hasta que todos han pasado por ello y veo que el grupo se cansa. Algunos niños de este grupo son bastante movidos, y además estas sesiones son el viernes por la tarde. Por ello es importante cambiar de actividad con cierta rapidez.
Para terminar, les propongo tumbarse sobre las colchonetas y hacer una pequeña visualización. Les llevo a su lugar en calma, tapados con una mantita, con sus manos sobre la tripa y mientras escuchan una música suave.

Hoy han entrado la mayoría. Estoy contenta. Poco a poco.